¡Préstame a tu cuñado!

Prólogo

 

Me llamo Susan Lettuce, dentro de poco habré acabado mi residencia como médico especialista en neonatología. Sí, lo sé, tengo casi 25, demasiado joven para decir eso, pero es verdad. Ser así de lista siempre fue un problema, sobre todo a la hora de hacer amigos. En la Universidad sobre todo. ¿Quién quiere que una cría sin edad para beber, apareciera en su fiesta de fraternidad?, evidentemente nadie. Tampoco estaba tan desarrollada como para atraer la atención de los chicos, y tampoco ayudaba que se considerara estupro si se acostaban conmigo. Así que esa parte, la social, nunca fue…. Dejémoslo en satisfactoria o completa. Llevaba demasiados traumas encima por culpa de mi edad, así que a veces tan solo me ponía algún año más encima. Ridículo ¿verdad?, las mujeres tendían a quitarse años, no a ponérselos. Pero esa era yo, rara de pies a cabeza. ¿Qué le iba a hacer? Yo lo había aceptado hacía tiempo, pero mi familia no.

Durante años, habían intentado colocarme entre los jóvenes retoños de la alta sociedad de Georgia, pero aunque me esforcé, nunca llegué a ocupar el puesto que una Lettuce merecía. Por suerte tenían a Eloisse y a Sophi. Mi hermana y mi prima eran el sumun de la elegancia y buena presencia. Chicas ricas, de buena familia, y estirada nariz apuntando hacia el cielo, como si oler por debajo de su cuello fuera pecado. Su concepto de ayuda al prójimo, era ponerse elegantemente hermosas, para presidir una mesa de recaudación de fondos para los necesitados. ¿Mancharse las manos?, uf, solo si eran arcillas de tratamiento en el salón de belleza. El objetivo de sus vidas, era conseguir un marido joven y rico que costeara su elevado nivel de vida. Yo claramente, tenía otras ideas.

Mi madre estuvo encantada, hasta después de empezar mí residencia en el Miami Children´s Hospital. Para ella era una brillante estratagema para atrapar a un buen partido, un cirujano o algo así, creo que pensaba. Pero cuando se dio cuenta de que aquello no era lo que pensaba, empezó a acosarme con su… ¿cómo llamar a una madre que te recuerda constantemente tu fracaso como hija? No era guapa, exquisitamente refinada, no llevaba bolsos de diseñador de tendencia, trabajaba con mis propias manos para conseguir mi sustento, y lo más importante, no tenía esposo, novio, pretendiente, amigo con posibilidades…. Nada parecido a un macho de la especie humana que pudiera presentar como “mío”, fuera en la calidad que fuera ese mío. A no ser que fuera mi monitor de aerobic, el cual no tenía.

Bueno, el caso, es que la boda de una hermana, por distanciadas que estuviésemos, no tendría que parecer el descenso a los infiernos que sufrió el pobre Dante, pero iba a ser así. A ver, como si no estuviese claro. Mi madre pensaba que su hija “soltera y sin compromiso”, se convertiría en una vieja solterona, sola y excluida de la vida social. Mi prima, pensaba que seducir a cada hombre que se acercaba a mí, era su manera de demostrarme que ella era mejor. Pero el premio gordo, era mi hermana. Un año menor, bueno, 11 meses, y se vanagloriaba de estar por encima de mí. ¿Y ahora?, pues creía que lo había conseguido. Cuando fui a casa por acción de gracias, la muy arpía sonreía con arrogante superioridad mientras me ponía al día de su triunfo. Ella sí que había conseguido engatusar a Petter, hasta el punto de arrancarle una proposición de matrimonio. La muy … (olvidemos el apelativo porque uno no puede decir esas palabras cuando habla de su propia sangre), no había esperado ni 4 días desde que él y yo decidimos romper nuestra relación, para atraparlo. Y ahora, dos años después, se iba a casar. Sencillamente genial. A veces me sorprendía a mí misma deseando atrapar una de esas fiebres tifoideas, para tener una “buena” excusa para no ir a la boda. O mejor, ¿Qué tal si iba y se la pegaba a todas ellas? De sueño se vivía.

  • Lettuce. –
  • ¿Sí? –
  • El análisis de sangre del pequeño Browling. –
  • Ah, gracias. –

El trabajo, al menos eso me hacía olvidar el desastre de familia, y de vida que tenía. Cogí la analítica y comencé a revisar los datos.

 

Capítulo 1

 

Tomar una café con María se había convertido en un ritual entre nosotras. Primero compartimos su termo, cosa que mi paladar agradeció con deleite. Ahora, nos tomábamos un descanso en la cafetería siempre que nuestros turnos coincidían. Sí, no era habitual que médicos y enfermeras confraternizaran de esa manera. Los médicos y enfermeras se enrollaban, se insultaban a escondidas o soportaban desaires y miradas asesinas. ¿Una médico de pediatría y una enfermera, amigas?, era una panacea, pero era real. Si tendría que darle a María Castillo un calificativo, sería estupenda, y me atrevía a decir, que la consideraba mi amiga. Habíamos compartido muchas cosas, bueno, ella más que yo, pero puede que eso último, hubiera llegado el momento de cambiarlo.

  • ¿Y cómo va la boda? –

Aferré el vaso de café, esperando su respuesta antes de beber.

  • Todavía tengo que conocer a la familia de Tonny, darles la noticia y…uf. Cada vez que lo pienso, más ganas de fugarme a las vegas me entran. –
  • Sí, se lo que son las bodas. –
  • Pero tú estás soltera. –
  • Mi hermana se casa en 20 días. –
  • Ah, no me habías dicho nada. –
  • Créeme, es un tema del que no me gusta hablar. –
  • ¿Tu hermana y tú no os lleváis bien? –
  • Como explicártelo. –

Dejé el café sobre la mesa y solté el aire.

  • Tengo una familia muy “conservadora”, en la que las mujeres tienen como única misión en la vida casarse y traer al mundo herederos de buena familia. –
  • Entonces tú eres la oveja negra. –
  • Estuvo bien cuando iba a la universidad. Una mujer culta es un valor en alza. Ahora, que trabaje, y encima como médico…-
  • Ya, entiendo. –
  • Eso no es lo peor. Para mi familia, no tener pareja, novio, amigo o como quieras llamarlo, es un síntoma más de que estoy perdida para el mundo. –
  • Y una boda es el peor lugar para mostrarles que no tienes pareja. –
  • Eso es. Y, además, el futuro marido de mi hermana, es mi ex. –
  • ¡Joder! Uf, disculpa, se me ha escapado. –
  • No, si yo también solté algo parecido cuando me enteré. –
  • Y no puedes decir que no, es tu hermana. –
  • Mierda, te van a comer viva. –

Miré por encima de su hombro, y vi a los dos hombres que caminaban con soltura hacia nuestra mesa. Advertí las miradas apreciativas de las féminas que nos rodeaban, y no pude negar que sabía por qué.  ¡Dios!, los dos eran un imán para la vista femenina. ¿Qué mujer no babearía teniendo a Tonny cerca? Era un bombero con un cuerpo duro, sonrisa cautivadora, rostro angelical y un corazón de oro. María era una chica con suerte. Con una tarjeta de presentación así, cualquiera triunfaría. Podía imaginarme a Sophí mojando sus bragas con solo verle. Y entonces una luz se ilumino en mi cabeza. Si llevaba una escolta como aquella, mantendría a todos alejados y sus puyas a distancia, al menos durante un buen rato. Pero no podía pedirle a María aquello, no después de saber lo que había ocurrido con Noah. Sí, lo sabía todo. Un poco que me contó María, y un poco de lo que pude ver por mí misma, me dieron una buena perspectiva de la historia. Aunque la idea era buena, y estaba algo desesperada por librarme de mi patética existencia, al menos en el ámbito familiar. Así que…

  • Oye María, ¿me prestarías a tu cuñado? –

La pobre casi se atraganta con el café. Sus ojos estaban a punto de saltar de sus cuencas, y no la culpaba por ello.

  • ¿Quieres… quieres que Marco…? –
  • Sí, lo sé. Es estúpido. Olvídalo, fue una idea estúpida. Hollywood y la literatura ya se han encargado de demostrar que es algo que nunca sale bien. –
  • ¿Qué es lo que nunca sale bien? –

Marco tomó asiento a mi izquierda, dejando en el aire un olor a colonia de hombre de las caras, de esas que con solo inhalar, tienes imágenes de vacaciones en la India y noches de sexo apasionado. Si, seguramente cada una tenga su propia interpretación, la mía era esa. Lo que sí he de reconocer, que al contrario que ocurre con otros hombres que usan ese tipo de colonias, cuando vuelves tu atención hacia el portador de aquel aroma embriagador, lo que te encuentras es más de la mitad de la fantasía. El hombre no tenía nada que envidiar a su hermano. Si bien no tenía tanta musculatura, estaba claro que compartían la misma genética. En resumen, estaba bien hecho, de pies a cabeza. Moreno, ojos turquesa, piel con un ligero toque oliváceo, seguramente de su herencia italiana, labios… ¿mordibles estaría bien dicho?, no sé, soy nueva en esto. Cuello para seducir a un vampiro, manos grandes de dedos largos… cuerpo para soñar despierta, y un culo que… ¡basta!, yo no tengo ensoñaciones con hombres calientes, eso solo lo hacen las adolescentes, ¿o no?

  • Aquí, mi amiga Susan, que tendrá una mala experiencia que no puede evitar. –
  • ¿Y eso? –

Genial, cuando María entrecierra así los ojos, es que su cabeza está pensando en algo, y ese algo seguro que…

  • ¿Puedo contarlo? –

Qué le voy a decir,¡ oh no!, por favor, no airees mi patética vida delante de estos dos dioses del Olimpo. Era adulta, y ya estaba acostumbrada a ser humillada en público. Una vez más no iba a matarme. Total, no iba a tener ningún tipo de relación con ninguno de  ellos dos.

  • Adelante, hecha sal en la herida. Va a doler de todas maneras. Así me voy acostumbrando. –
  • ¿La doctora de niños tiene problemas en su perfecta vida?, ¿qué es?, ¿dejaron de fabricar tu crema hidratante favorita? –
  • Marco, eres un gilipollas. –
  • Secundo a tu hermano. –
  • No, en serio. Tienes un buen trabajo, eres joven y bonita, y tienes buenas amigas. ¿Qué puede ir mal en tu vida que sea tan horrible? –
  • Mi hermana se casa dentro de 20 días con mi ex. –
  • Supera eso, cretino. –

Vale, no es que hiciera falta el remate de María, ya había dejado helado al gemelo estiloso. Si, podría quitarle el puesto a cualquier modelo de Armani, e incluso salir en la portada de GQ, pero era un listillo que sabía que estaba así de bueno, y no le importaba sacarse partido. Seguro que estaba acostumbrado, a conseguir lo que quisiera con una de esas sonrisas matadoras, que seguro tenían que dejar temblando a la más pintada. Era un engreído, y con eso, acababa de perder todos los puntos que había obtenido por sexy.

  • ¡Joder!. –
  • Eso dije yo. –
  • Pues Yo en tu lugar, iría a esa boda, y le dejaría bien claro que perdió con el cambio de hermana. –
  • Si, ya. –

¿Y ahora intentaba darme un consejo? Este tipo no miraba a su alrededor. ¡Hola!, soy Susan, la sosa y tímida de las hermanas Lettouce. La doctora con menos vida social que sus pacientes, y trabajo con recién nacidos. No pude evitar matarle con la mirada, o intentarlo.

  • No, en serio. Ponte un vestido sexy, lleva a un chico guapo y paséate delante de sus narices con él. –
  • Oye Tonny, ¿tu hermano es así o se entrena? –

La carcajada de Tonny me hizo sonreír, era imposible no hacerlo. Era tan fresca y natural, que te arrastraba.

  • A ver, listilla, ¿Qué tiene de malo mi plan? Que yo sepa todas las mujeres habéis hecho eso un par de veces antes de la hora de comer. –
  • Corrijo, tu no, cuñadita. Tú eres un ángel caído del cielo, que no alberga maldad alguna en su adorable cuerpo. Pero la doctora aquí presente…-
  • ¿Yo no puedo ser otro ángel sin maldad en su cuerpo? –

¿ Y el tipo se ríe en mi cara y niega con la cabeza?, ¿pero que se ha pensado que soy?

  • ¿Sabe tu madre que piensas eso de las mujeres? –

Los dos hermanos borraron la sonrisa de su cara, y juraría que perdieron color. Genial, había metido la pata a lo grande. Estaba claro el porqué no tenía amigos, y menos hombres. Tenía una forma de ser perfecta para espantarlos.

  • Mi madre murió hace años. Pero no, tienes razón. Ella nunca habría dejado que dijera eso. –

Silencio, un incómodo y denso silencio nos envolvió. Así que hice lo más inteligente. Prepararme para salir pitando de allí.

 

 

Capítulo 2

 

  • Bueno, creo que mi descanso terminó, así que…-
  • Marco puede ir contigo. –

La voz de María me sorprendió. Deteniéndome a medio levantar de la mesa. Me quedé congelada en esa postura medio de pie, medio sentada.

  • Espera, ¿a la boda?, ¿quieres que sea su acompañante en la boda? –
  • En serio, tengo que irme. –
  • Eh, alto, tú no te mueves de aquí hasta que me expliquéis de que va todo esto. –

La mano de Marco se aferró a mi muñeca, y me sostuvo en mi lugar. No me hacía daño, pero estaba claro que no iba a dejarme huir.

  • No la hagas caso, fue una bobada. Una de esas ideas absurdas, que sueltas cuando estás bajo de azúcar y dices incoherencias. –
  • No la hagas caso. Su familia la tiene amargada. Ir con un tipo como tu del brazo, sería el escudo perfecto para salir ilesa. –

Marco sonrió, pero no me soltó, así que finalmente me senté de nuevo. Entonces, su mano me abandonó, aunque no lo suficientemente rápido. Estaba claro de que no confiaba, en que no volvería a intentar escabullirme.

  • Sé que soy un partidazo, pero…-

El bip, bip de mi localizador cortó su frase, y me dio la escusa perfecta para salir de allí. ¡Gracias dios!, bueno, no. Si mi localizador pitaba, era que había una emergencia, y eso no eran precisamente buenas noticias. Abrí el teléfono y escuché la voz de la jefa de plata de neonatología.

  • Tenemos un código rojo. El bebé de los Sincler está cianótico. –
  • Estoy yendo. –

No me paré a despedirme, uno de mis pacientes me necesitaba. El resto, simplemente dejó de existir.

 

Marco

 

  • Desembucha, cuñada. –
  • ¡Quieres la versión corta o la simplificada? –
  • Ah no, lo quiero saber todo. Si vas a meterme en un embolado así, quiero saberlo todo, todo. –
  • Tendría que ser ella quién te lo contara, pero sé que no lo hará. Así que ahí va. –

Y eso hizo mi cuñada. Me contó todo. La doctorcita no solo estaba en una situación de esas raras. Si ya es difícil afrontar una boda de tu hermana con tu ex novio, peor es hacerlo cuando no tienes una pareja que te sostenga la mano mientras ocurre. Sólo lo primero es incómodo, unido a lo segundo, es humillante.

  • Lo haré. –
  • ¿Qué? –
  • Pues eso, que lo haré. Iré con ella a la boda de su hermana. Seré su protector y galante caballero. –

Los brazos de María me rodearon el cuello sin aviso, y me aprisionó en un abrazo de oso cariñoso, que haría enrojecer de envidia a la tía Marcela.

  • Eres un sol. –
  • Lo sé, soy encantador. –
  • Ahora tengo que decírselo a Susan. –
  • No entiendo todavía porque no quería que lo hiciera. –
  • No lo sé, pero no es por orgullo, puedo asegurártelo. Lo que creo… es que no está acostumbrada a que nadie la ayude. –
  • Bueno, pues tendrá que aguantarse por esta vez. –
  • Le daré tu teléfono, para que hagáis planes. –
  • Sí, genial, dame su número por si acaso. Yo de momento, iré quitándole el polvo a mi smoking. –
  • ¿Tienes smoking? –

Tenía que salir mi hermano preguntando aquellas cosas.

  • Pues claro que tengo. ¿Cómo crees que va la gente a los eventos de alto standing? –
  • Pero, ¿tu vas a esos sitios? Me has salido un cosmopolita. –
  • Lo que pasa, hermanito, es que en ese tipo de eventos, van la gente que puede permitirse comprar coches de lujo. Es la mejor manera de pescar potenciales clientes. –
  • Ya sabía yo que eras un tipo listo. –
  • No todo es de familia. –
  • Lo sé, de los dos yo me quedé con la belleza. –
  • Eh, somos gemelos idénticos, ¿recuerdas? –
  • Sí, eso es lo que tú dices. Pero recuerdo a cierta doctora que se dio cuenta de que tú, no eras yo. –
  • Qué manera más retorcida tienes de decir que ella puede diferenciarnos. Es doctora Tonny, ha estudiado el cuerpo humano, puede notar esas diferencias. –
  • Yo no lo noté, y trabajo en lo mismo que ella. –
  • Ya, bueno. Pero, ¿a qué ahora sí que aprecias la diferencia. –
  • Totalmente, Tonny es muchísimo más guapo, donde va a parar. –

La traidora se tiró a sus brazos, y le regaló un beso de esos que yo necesitaba. ¿Cuánto hacía que no tenía una cita?, tal vez demasiado, si el beso de mi hermano y su novia me encendía. ¡Vaya con la María!, menuda pieza estaba hecha.

 

Capítulo 3

 

  • Tenemos que hablar, doctora. –

Giré la cabeza para encontrar a Marco de pié junto a la puerta de salida. Genial.

  • Ha sido un día duro, no tengo muchas energías para sostener una charla contigo. –
  • ¿Me estás llamando pesado? –
  • Digamos que no eres de los que se rinde. Y yo ahora no tengo mucha capacidad de pelea. –
  • Seré breve, lo prometo. –

Dejé salir el aire y empecé a caminar más despacio hacia mi coche.

  • Tú dirás. –
  • Iré contigo a la boda, seré tu acompañante. –
  • No es necesario. –
  • No estoy totalmente de acuerdo contigo. Así que antes de ponernos a discutirlo, te recuerdo que no tienes energías suficientes para sostener una pelea dialéctica conmigo. –
  • Eres insufrible. – reí.
  • Eso depende del momento y la persona. –
  • Hombre, gracias por la parte que me toca. –
  • Eh, que no me he portado mal contigo. No tienes nada que reprocharme. –
  • Discrepo, pero como dices, no es momento de discutir. –
  • Ves, si en el fondo nos compenetramos y todo. –
  • Eso me da miedo. –
  • Bien, a lo que iba. María me ha dicho que la boda es en 20 días. Pero necesito más detalles, así que…-

Solté un suspiro derrotado y me detuve para mirarle directamente. ¿Quería detalles?, bien, los tendría.

  • Es el último fin de semana de este mes. La cena de despedida será la noche del viernes, la boda el sábado, y el domingo estaremos de vuelta a Miami. Es una boda al atardecer, de etiqueta y en el club de campo. Tendría que reservarte una habitación, y decirle a mi familia que llevaré acompañante. –
  • Lo tengo. No parece tan difícil. –
  • No, eso es lo sencillo. Mi familia es de Atlanta, concretamente de Tuxedo Park, una zona de gente adinerada. Mis antepasados estuvieron presentes en la guerra civil entre estados, y ninguno fue soldado raso. Decir que mi familia tiene rancio abolengo es quedarse corto. Así que no te sorprendas si te miran como si fueras el camarero. Y lo harán, créeme, porque es difícil superar a Petter Kein. Es un ejecutivo junior en la central de Coca-Cola. En unos años, tendrá un buen puesto, y sueldo aún mejor. Mi madre te odiará porque eres italiano, mi padre solo verá los ceros de tu cuenta corriente, y mejor dejamos fuera a mi hermana y a mi prima. Creo que ya tienes suficiente con lo que hacerte idea. ¿He sido lo bastante clara? –
  • Sí, solo te ha faltado decirme cuantos empastes tiene Petter. –
  • Empastes no sé, fundas, una, la del diente que le rompí cuando le pillé liándose con otra. –
  • Wow, demasiada información. No, espera, quiero saber de eso. –
  • No creo que necesites saberlo. –

Abrí la puerta de mi auto con el mando a distancia, y abrí la puerta del conductor.

  • Bonito coche. –
  • Sí. María me comentó que estás aquí en un concesionario. –
  • Si, BMW. –
  • Así que vendes coches. –
  • Básicamente si. –
  • Te van a comer vivo. –
  • Bueno, soy una pieza de calidad. Seguro que les gusta mi sabor. –
  • Oh, dios. Sophi va a pasar por encima de ti como una apisonadora. –
  • ¿Tu hermana? –
  • No, mi prima la casi divorciada. Eloisse es mi hermana. Aunque puede que te cueste diferenciarlas. Ambas son rubias naturales de peluquería, visten ropas de los mismos diseñadores, y las dos cambiarían a su primogénito por el último bolso de Cristian Dior. Vamos, casi gemelas. –
  • Ah, vaya. Me parece que vamos a tener que quedar algunos días para limar algunos puntos. –
  • ¿Qué puntos? –
  • Pues el de conocernos. No voy a meterme en un campo de minas como ese, sin al menos conocer lo básico sobre ti. –
  • ¿Sobre mi? –
  • ¿Cómo voy a ser tu acompañante si ni siquiera sé cómo te gusta el café? –
  • No necesitas saber esas cosas para venir conmigo como acompañante. –
  • Créeme, lo necesito. He estado en tres bodas italianas, y sé lo que es que destripen tu vida y milagros. –
  • No voy a contarte nada sobre mi. –
  • Bueno, lo que no hagas tú, ya se encargará tu familia de hacerlo, por eso no me preocupo. Me gustaría conocer tu punto de vista, pero si no es posible…-
  • No voy a picar. –
  • De acuerdo, siguiente paso. Podemos compartir habitación sin problema. Nos saldrá más barato. –
  • ¡Eh!, ni lo sueñes. Yo no voy…-
  • Hei, para ahí. Dormir en la misma cama no supone para mi ningún problema. He dormido en la misma cama con dos tíos más, no eran mis hermanos y éramos adultos. Así que compartir un colchón contigo, sin que ocurra nada sexual, es algo con lo que ambos, personas adultas y racionales, podemos sobrellevar. –

Tuve que darle la razón. No seríamos nada más que dos adultos, sin atracción física, que comparten habitación por un par de noches. Pero mi familia pensaría…

  • Que tu familia piense que somos más de lo que somos, puede que incluso te venga bien. ¿O son de los de la vieja escuela? –
  • Oh, créeme, mi madre dará gracias a dios por ello. –
  • Entonces solucionado. Siguiente tema. ¿Cómo vamos a ir hasta allí? –
  • Oh, no te preocupes. Mis padres pagaron el billete de avión en primera, así que supongo que podré cambiarlo por dos en clase turista. –
  • Puedo comprar uno yo. –
  • No, bastante haces con acompañarme. No voy a dejar que gastes un dólar de tu bolsillo. –
  • De acuerdo. Bueno, entonces solo nos queda quedar un par de veces para ir conociéndonos un poco y todo eso. Ya sabes, para al menos ser amigos antes de llegar al gran evento. –
  • Vale, lo que tu digas. –
  • Bueno, entonces te llamaré para tomar un café en un par de días. Tendré que arreglar lo de los días que necesito. Te enviaré mi correo electrónico para que me envíes los datos del vuelo, y los lugares de la boda. Así sabré que tipo de ropa tengo que meter en la maleta. –
  • Bien, lo haré. –
  • No te preocupes, haré que sea divertido. –
  • Si consigues mantener callada mi madre, me daré por satisfecha. –
  • Haré lo que pueda. –

Subí al coche y antes de dar al contacto, mi teléfono recibió un mensaje. Me extrañó, no suelo recibir mensajes, salvo del hospital, y éste era de un número desconocido.

  • “Anota mi número, Marco.”. –

Alcé la mirada, y vi su mano saludándome desde un suv BMW a unos metros de mí.

  • “Todo va ir bien, tu solo preocúpate de ir guapa”. –

Sí, genial. Ir guapa. ¡Era una dama de honor!, se suponía que teníamos que llevar vestidos que nos sentaran mal, para hacer que la novia pareciese más espectacular y bella. Algo en el fondo de mi mente me decía que aquello no iba a salir bien. Pero intenté no hacerle caso. ¿Por qué?, porque el panorama que me esperaba, si no llevaba a Marco, pintaba realmente malo por sí solo.

 

Capítulo 4

 

  • Para matarla. –

Si había una expresión que dijera “te lo dije”, era la que yo tenía en ese momento en mi cara. Estaba parada delante de uno de esos espejos de cuerpo entero, donde veía mi reflejo con total claridad.

  • Tu hermana te odia. En serio. –
  • ¿Crees que podrás hacer algo, Cari? –
  • María, ¿Cuándo te he fallado? –

La prima de María, Cari, giraba a mí alrededor, tirando aquí y allá de la tela de mí vestido de dama de honor. La verdad, ya podía ser un hada madrina, que ni con un milagro, conseguiría que ese vestido luciera mucho mejor. ¡Rosa!, no podía ser de otro color. Claro, que siendo mi hermana una rubia reconvertida, el rosa si le quedaría bien, a ella, y a mi prima Sophi, la otra rubia. A una castaña como yo… en fin, solo sería un día, y el alcohol todo lo cura. Haría todo lo posible para estar pedo antes de entrar en la iglesia con aquello puesto.

  • Si pudiera cambiar el vestido lo haría, Cari, pero todas llevaremos lo mismo. No puedo cambiarlo. –
  • ¿Y quién ha dicho que vamos a hacerlo?, tan solo… estoy pensando en darle mi toque. –

Verla entrecerrar los ojos y apoyar el índice en sus labios, mientras estudiaba mi vestido, me hizo sentir un ligero escalofrío por la espalda. Pero, pensé, ¿qué demonios?, no puede ser peor que esto. Y si lo es, ya tenía pensado emborracharme de todas maneras.

  • ¿Y la cena del día anterior?, ¿qué podemos hacer, Cari? –
  • Oh, dios, sí, eso déjamelo a mí. Tengo justo lo que necesitamos. –
  • ¿Ahora es cuando realmente debo tener miedo? –
  • Oh, cállate, Cari es una excelente modista, por eso te he traído aquí. ¿Sabes que trabajó como costurera para una gran modista, aquí en Miami? –
  • No, no lo sabía. ¿Eso debería tranquilizarme? –
  • Nena, tendrías que ver la de milagros que consiguieron hacer estas manos con un traje de Dolce & Gabbana. La tipa estaba peor contrahecha que un cuadro de Picasso. Pero estas manos, la hicieron lucir mejor que a Jennifer López en la alfombra roja. –
  • Mírame, no me parecería a Jennifer López aunque me pegaras una foto suya en la cara. –
  • Tú sólo déjalo en mis manos, algo podré hacer. –
  • Si no lo hago, María me castigará sin madalenas de chocolate durante seis meses. –
  • Un año. –
  • ¿Lo ves?, soy toda tuya. –
  • ¡Helena!, por fin llegas. –

Una morenita de poco más de metro cincuenta entró en la habitación, arrastrando un enorme y florido troley detrás de ella. Soltó una pesada exhalación, y se enderezó nada más soltarlo en mitad de la estancia. Un solo vistazo a su aspecto, y podrías pensar que Eva Longoria la envidiaría.

  • Dijiste que era una emergencia, así que he traído todo lo necesario. –
  • Te dije que mi amiga iba a ir a una boda dentro de 17 días, y que necesitaba que me ayudaras a ponerla guapa. –
  • Pues eso. 17 días es muy poco tiempo para una boda. No sé si conseguiremos que esté totalmente lista para entonces. –
  • Helena, que Susan no es la novia. –
  • No, pero dijiste que teníamos que hacer que la superara. –
  • Oh, mierda, no me gusta nada esa sonrisa tuya. –
  • Pues debería. Tu amiga es bonita, y yo voy a convertirla en espectacular. No sé cómo es su hermana, pero la voy a dejar a la altura de una fregona después de limpiar en una fiesta de hermandad. –
  • María, creo que…-
  • Tranquila, Susan, confía en mí. Sólo vamos a sacar al cisne que llevas dentro. –

Escuché los clics metálicos de la maleta, y la sonrisa de Helena me dijo que iba a ser un día muy largo, y me equivoqué, por no fue solo uno, fueron 15 días agotadores. Lo único bueno, es que ese maldito viernes, 2 de junio, alguien iba a hacer las maletas por mí. Si además me metieran en el avión y me dieran una pastilla para dormir durante el vuelo, sería un día mejor para mí.

Menos mal que las “citas” con Marco me sacaron del torbellino en el que María me había metido. Entre dormir, trabajar, y la rutina de las primas de María, mi vida se había convertido en una carrera continua para llegar de una cosa a otra. Marco era el único momento de relax que me podía permitir, así que el café con él, siempre era descafeinado.

  • Te ves cansada. –
  • Estoy agotada. –
  • Ya, he oído que las primas de María te están “asesorando” con esto de la boda. –
  • Han tomado el control de mi vida. Dios, necesitaré unas vacaciones para recuperarme de esto. –
  • Bueno, piensa en la boda como en una manera de deshacerte de ellas. –
  • Oh, sí. No más clases magistrales de maquillaje, ni peinados, ni más potingues de olor indeterminado, ni sesiones interminables de pruebas de ropa, ni retoques y retoques…-
  • ¡Santa María ¡, suena agotador con solo oírlo. –
  • No tienes ni idea. –
  • Bueno, entonces cambiemos de tema, aunque sea por una hora, ¿qué te parece? –
  • ¿Lo prometes? –
  • Háblame de ti. –
  • No hay mucho que contar. Fui una niña feliz hasta que me hicieron ese test de inteligencia. Mis resultados fueron de un CI de 132, y mi padre hizo todo lo posible por sacarle partido. Lástima que me decanté por la medicina. Si hubiese estudiado derecho o márquetin, ahora estaría trabajando en su empresa o en la del tío Carl. Eso de ser la más joven de tu clase, no hace mucho para granjearte amigos. No encajé en ningún grupo ni siquiera en la universidad. Mis amigos de la adolescencia resultaron ser tan superficiales, como la madrastra de Blancanieves. Creo que no he tenido una amiga que me tratara de igual a igual, hasta que conocí a María. –
  • Eso suena…-
  • Triste, lo sé, hasta yo misma me doy pena. –
  • No, quería decir… difícil. –
  • Estoy bien, no me he convertido en un monstruo psicópata ni nada de eso. –
  • No creo que eso fuese posible. –
  • Ah, sí, ¿qué te hace estar tan seguro? –
  • He oído a María hablar de ti, de cómo tratas a tus pacientes. Si algo he sacado de sus palabras, es la seguridad de que eres una buena persona, alguien a quien no solo le gusta su trabajo, sino que intenta hacerlo lo mejor posible cada vez. –
  • En otras palabras, alguien obsesionado con el trabajo. –
  • Yo no he dicho eso. –
  • Pero lo piensas. –
  • Sólo pienso que eres una médico increíble. –
  • Bueno, a lo que íbamos. De mí no hay mucho que contar. Tengo un hermano gemelo, mi madre murió cuando teníamos 10 años de una enfermedad de pulmón. Empecé a trabajar en el concesionario de mi padre con 15 años, al tiempo que Tonny. Él lo hizo en el taller, y yo en el departamento de ventas. –
  • Sí, algo he oído al respecto. Tonny dice que eres capaz de venderle la Torre Eiffel a los franceses. –
  • Me gusta, y creo que soy bueno, pero nunca me verás venderle a alguien algo que no pueda pagar. Por eso me he decantado siempre por los vehículos de lujo. –
  • Y supongo que las comisiones serían mejores. –
  • Esa es una razón mucho mejor que la otra, sí señor. –
  • Gracias, Marco. –
  • ¿Por ir contigo a la boda? –
  • Nadie ha hecho algo así por mí antes, y menos un desconocido. –
  • Bueno, eres la amiga de mi cuñada, y eso te convierte en mi amiga. Ya sabes cómo somos los italianos con la familia y los amigos.

Solté tal carcajada, que la gente de la cafetería se giró para ver de dónde venía el ruido. Con Marco, reír era tan fácil.

  • Bueno, vuelve a recordarme el itinerario para nuestro fin de semana en familia. –

 

Capítulo 5

 

Marco

 

Era imposible no verlas. En todo el aeropuerto, el grupo de 4 mujeres que corría por la terminal de salidas, era todo un espectáculo para la vista. Las primas de María no podían negar que eran latinas, melenas oscuras y piel aceitunada resaltaban sobre la piel más clara de Susan, haciéndola parecer más de porcelana de lo que era. María era un término medio, con lo bueno de la genética latina y europea. Mi hermano tenía buen gusto, sí señor.

  • Por fin, ¿Dónde está Tonny? –
  • Nos ha dejado en la entrada y se ha ido al aparcamiento. –
  • Hola lindo, soy Helena. –
  • Sí, vaya suerte la de mi prima, dos igualitos. –

Tenía que sentirme alagado por el coqueteo de aquellas mujeres, pero saber que estaban casadas le quitaba seriedad al asunto.

  • Deja que te ayude. –

Tomé la enorme maleta de la mano de Susan, y la arrastré detrás de nosotros hasta la zona de facturación. Era bueno ser un chico y tener menos ropa, yo facturé hacía 20 minutos, y solo dejé mi porta traje como equipaje de mano. Tomé el porta-traje de Susan, y uní los dos, el suyo y el mío, sobre mi hombro.

  • Tienes mejor aspecto. –
  • El maquillaje anti ojeras hace milagros. –
  • Oh, no la hagas caso. Toso es gracias al SPA. Su piel está suave e hidratada, como la piel de un melocotón. Toca, toca. –

La bajita tiraba de mi manga, acercándola al brazo de Susan, impidiendo que me resistiera, así que toqué. Mis dedos se deslizaron con miedo sobre la sedosa superficie, enviando una descarga de electricidad directa a…

  • ¿A que parece de seda? –
  • Eh, sí. –

Retiré mi mano con rapidez, aparté la vista cogí el asa de la maleta de Susan para salir pitando de allí. Yo no era tímido, ¿por qué tenía que salir corriendo con la mirada baja, como si hubiese hecho algo malo?

Facturé su maleta, y volví para llevarla a la fila del control de seguridad.

  • Recuerda todo lo que te he explicado. Hazlo con calma, y todo saldrá bien. –
  • Estira bien la tela, haz que se ajuste a su posición. –
  • Lo tengo, lo tengo. –
  • Ven aquí. –

María la tomó entre sus brazos, y la apretó con fuerza.

  • Lo tienes todo. Vas a estar genial. Marco va a cuidar de ti, ¿verdad? –

Y aquellos ojillos de caramelo me miraron con súplica. No iba a fallarle a mi cuñada. Susan estaría a salvo de su familia.

  • La novia es la reina de la boda, pero Susan va a ser la princesa de esta. Te lo prometo. –
  • Bien, príncipe encantador. Confío en ti. La dejo en tus manos. –

Cogí la mano temblorosa de Susan, y la llevé a mis labios. Un pequeño beso, y sentí como dejó de temblar por unos segundos.

  • No voy a fallar. –

Caminamos hacia nuestro avión. El viaje ya había empezado.

 

Susan

 

Abroché el cinturón de seguridad, y pasé mis manos sudorosas sobre la tela de mis jeans. No noté que había empezado a respirar deprisa, hasta que sentí el apretón de Marco sobre mi muslo.

  • ¿Estás bien? –
  • Pero eso ya da igual, ¿verdad? –

Soltó una pequeña carcajada y aferró mi mano, dándola un reconfortante apretón.

  • No voy a dejar que te hagan daño, lo sabes. –

Respiré profundamente y asentí con la cabeza.

  • ¿Quieres repasar algunas cosas mientras volamos? Tenemos más de una hora de vuelo. –
  • Empieza. –
  • Tu color favorito es el violeta, te gustan las azucenas, y siempre quitas el rabito de las manzanas antes de morderlas. –
  • ¿Eh?, ¿cómo sabes eso. –
  • Soy observador, y bueno para los detalles. –
  • ¿No me crees? –
  • Eh…-

Marco se inclinó sobre mí, acercó su rostro tanto, que pensé que iba a besarme. Mi corazón se puso a palpitar como loco. Pero no, él solo inspiró profundamente en mi garganta, y se apartó de nuevo.

  • Be Delicious de DKNY. Sólo una rociada. –
  • ¿Cómo…-
  • Tengo mis secretos. –

Apreté las manos de nuevo, y no dije nada. Si un casi desconocido podía leer tan fácilmente en mí, ¿qué no podrían hacer mi familia y los que me conocía? Sentí la cálida mano de Marco sostener las mías, envolviéndolas ambas en un solo apretó. Alcé la vista y sus ojos me atraparon. Mierda, seguramente estaba leyendo lo que había en mi cabeza.

  • Tranquila, voy a estar siempre aquí. ¿Entendido? Te daré un truco. –
  • ¿Un truco? –
  • Sí. Cuando no tengas claro que responder, o no quieras hacerlo. Tan solo sonríe, y no digas nada. –
  • ¿Así, sin más? –
  • Créeme, así la otra persona será la que se devane la cabeza, intentando imaginar la respuesta. Y siempre, siempre, es mucho mejor de lo que tú habrías dicho. Y además, tú no tienes la culpa de la película que ellos se monten. Y tampoco mientes. –
  • Ya, pero eso no vale para todas las preguntas. –
  • ¿Por ejemplo? –
  • Ummm… ¿Cuánto hace que os conocéis? –
  • Pues si quieres ser sincera dirías que hace un mes, ese día que fui a recoger a María al hospital. –
  • Ya, eso podría sonaría a como que soy una…-
  • Por eso, dirás eso de “a veces parece que fue hace una eternidad”. –
  • Muy poético. –
  • Sí, de eso sé mucho. –

El anuncio de que pronto íbamos a despegar me hizo centrarme en la rutina del avión. “Familia Adams”, allá voy.

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