¡Préstame a tu cuñado!

Prólogo

 

Me llamo Susan Lettuce, dentro de poco habré acabado mi residencia como médico especialista en neonatología. Sí, lo sé, tengo casi 25, demasiado joven para decir eso, pero es verdad. Ser así de lista siempre fue un problema, sobre todo a la hora de hacer amigos. En la Universidad sobre todo. ¿Quién quiere que una cría sin edad para beber, apareciera en su fiesta de fraternidad?, evidentemente nadie. Tampoco estaba tan desarrollada como para atraer la atención de los chicos, y tampoco ayudaba que se considerara estupro si se acostaban conmigo. Así que esa parte, la social, nunca fue…. Dejémoslo en satisfactoria o completa. Llevaba demasiados traumas encima por culpa de mi edad, así que a veces tan solo me ponía algún año más encima. Ridículo ¿verdad?, las mujeres tendían a quitarse años, no a ponérselos. Pero esa era yo, rara de pies a cabeza. ¿Qué le iba a hacer? Yo lo había aceptado hacía tiempo, pero mi familia no.

Durante años, habían intentado colocarme entre los jóvenes retoños de la alta sociedad de Georgia, pero aunque me esforcé, nunca llegué a ocupar el puesto que una Lettuce merecía. Por suerte tenían a Eloisse y a Sophi. Mi hermana y mi prima eran el sumun de la elegancia y buena presencia. Chicas ricas, de buena familia, y estirada nariz apuntando hacia el cielo, como si oler por debajo de su cuello fuera pecado. Su concepto de ayuda al prójimo, era ponerse elegantemente hermosas, para presidir una mesa de recaudación de fondos para los necesitados. ¿Mancharse las manos?, uf, solo si eran arcillas de tratamiento en el salón de belleza. El objetivo de sus vidas, era conseguir un marido joven y rico que costeara su elevado nivel de vida. Yo claramente, tenía otras ideas.

Mi madre estuvo encantada, hasta después de empezar mí residencia en el Miami Children´s Hospital. Para ella era una brillante estratagema para atrapar a un buen partido, un cirujano o algo así, creo que pensaba. Pero cuando se dio cuenta de que aquello no era lo que pensaba, empezó a acosarme con su… ¿cómo llamar a una madre que te recuerda constantemente tu fracaso como hija? No era guapa, exquisitamente refinada, no llevaba bolsos de diseñador de tendencia, trabajaba con mis propias manos para conseguir mi sustento, y lo más importante, no tenía esposo, novio, pretendiente, amigo con posibilidades…. Nada parecido a un macho de la especie humana que pudiera presentar como “mío”, fuera en la calidad que fuera ese mío. A no ser que fuera mi monitor de aerobic, el cual no tenía.

Bueno, el caso, es que la boda de una hermana, por distanciadas que estuviésemos, no tendría que parecer el descenso a los infiernos que sufrió el pobre Dante, pero iba a ser así. A ver, como si no estuviese claro. Mi madre pensaba que su hija “soltera y sin compromiso”, se convertiría en una vieja solterona, sola y excluida de la vida social. Mi prima, pensaba que seducir a cada hombre que se acercaba a mí, era su manera de demostrarme que ella era mejor. Pero el premio gordo, era mi hermana. Un año menor, bueno, 11 meses, y se vanagloriaba de estar por encima de mí. ¿Y ahora?, pues creía que lo había conseguido. Cuando fui a casa por acción de gracias, la muy arpía sonreía con arrogante superioridad mientras me ponía al día de su triunfo. Ella sí que había conseguido engatusar a Petter, hasta el punto de arrancarle una proposición de matrimonio. La muy … (olvidemos el apelativo porque uno no puede decir esas palabras cuando habla de su propia sangre), no había esperado ni 4 días desde que él y yo decidimos romper nuestra relación, para atraparlo. Y ahora, dos años después, se iba a casar. Sencillamente genial. A veces me sorprendía a mí misma deseando atrapar una de esas fiebres tifoideas, para tener una “buena” excusa para no ir a la boda. O mejor, ¿Qué tal si iba y se la pegaba a todas ellas? De sueño se vivía.

  • Lettuce. –
  • ¿Sí? –
  • El análisis de sangre del pequeño Browling. –
  • Ah, gracias. –

El trabajo, al menos eso me hacía olvidar el desastre de familia, y de vida que tenía. Cogí la analítica y comencé a revisar los datos.

 

Capítulo 1

 

Tomar una café con María se había convertido en un ritual entre nosotras. Primero compartimos su termo, cosa que mi paladar agradeció con deleite. Ahora, nos tomábamos un descanso en la cafetería siempre que nuestros turnos coincidían. Sí, no era habitual que médicos y enfermeras confraternizaran de esa manera. Los médicos y enfermeras se enrollaban, se insultaban a escondidas o soportaban desaires y miradas asesinas. ¿Una médico de pediatría y una enfermera, amigas?, era una panacea, pero era real. Si tendría que darle a María Castillo un calificativo, sería estupenda, y me atrevía a decir, que la consideraba mi amiga. Habíamos compartido muchas cosas, bueno, ella más que yo, pero puede que eso último, hubiera llegado el momento de cambiarlo.

  • ¿Y cómo va la boda? –

Aferré el vaso de café, esperando su respuesta antes de beber.

  • Todavía tengo que conocer a la familia de Tonny, darles la noticia y…uf. Cada vez que lo pienso, más ganas de fugarme a las vegas me entran. –
  • Sí, se lo que son las bodas. –
  • Pero tú estás soltera. –
  • Mi hermana se casa en 20 días. –
  • Ah, no me habías dicho nada. –
  • Créeme, es un tema del que no me gusta hablar. –
  • ¿Tu hermana y tú no os lleváis bien? –
  • Como explicártelo. –

Dejé el café sobre la mesa y solté el aire.

  • Tengo una familia muy “conservadora”, en la que las mujeres tienen como única misión en la vida casarse y traer al mundo herederos de buena familia. –
  • Entonces tú eres la oveja negra. –
  • Estuvo bien cuando iba a la universidad. Una mujer culta es un valor en alza. Ahora, que trabaje, y encima como médico…-
  • Ya, entiendo. –
  • Eso no es lo peor. Para mi familia, no tener pareja, novio, amigo o como quieras llamarlo, es un síntoma más de que estoy perdida para el mundo. –
  • Y una boda es el peor lugar para mostrarles que no tienes pareja. –
  • Eso es. Y, además, el futuro marido de mi hermana, es mi ex. –
  • ¡Joder! Uf, disculpa, se me ha escapado. –
  • No, si yo también solté algo parecido cuando me enteré. –
  • Y no puedes decir que no, es tu hermana. –
  • Mierda, te van a comer viva. –

Miré por encima de su hombro, y vi a los dos hombres que caminaban con soltura hacia nuestra mesa. Advertí las miradas apreciativas de las féminas que nos rodeaban, y no pude negar que sabía por qué.  ¡Dios!, los dos eran un imán para la vista femenina. ¿Qué mujer no babearía teniendo a Tonny cerca? Era un bombero con un cuerpo duro, sonrisa cautivadora, rostro angelical y un corazón de oro. María era una chica con suerte. Con una tarjeta de presentación así, cualquiera triunfaría. Podía imaginarme a Sophí mojando sus bragas con solo verle. Y entonces una luz se ilumino en mi cabeza. Si llevaba una escolta como aquella, mantendría a todos alejados y sus puyas a distancia, al menos durante un buen rato. Pero no podía pedirle a María aquello, no después de saber lo que había ocurrido con Noah. Sí, lo sabía todo. Un poco que me contó María, y un poco de lo que pude ver por mí misma, me dieron una buena perspectiva de la historia. Aunque la idea era buena, y estaba algo desesperada por librarme de mi patética existencia, al menos en el ámbito familiar. Así que…

  • Oye María, ¿me prestarías a tu cuñado? –

La pobre casi se atraganta con el café. Sus ojos estaban a punto de saltar de sus cuencas, y no la culpaba por ello.

  • ¿Quieres… quieres que Marco…? –
  • Sí, lo sé. Es estúpido. Olvídalo, fue una idea estúpida. Hollywood y la literatura ya se han encargado de demostrar que es algo que nunca sale bien. –
  • ¿Qué es lo que nunca sale bien? –

Marco tomó asiento a mi izquierda, dejando en el aire un olor a colonia de hombre de las caras, de esas que con solo inhalar, tienes imágenes de vacaciones en la India y noches de sexo apasionado. Si, seguramente cada una tenga su propia interpretación, la mía era esa. Lo que sí he de reconocer, que al contrario que ocurre con otros hombres que usan ese tipo de colonias, cuando vuelves tu atención hacia el portador de aquel aroma embriagador, lo que te encuentras es más de la mitad de la fantasía. El hombre no tenía nada que envidiar a su hermano. Si bien no tenía tanta musculatura, estaba claro que compartían la misma genética. En resumen, estaba bien hecho, de pies a cabeza. Moreno, ojos turquesa, piel con un ligero toque oliváceo, seguramente de su herencia italiana, labios… ¿mordibles estaría bien dicho?, no sé, soy nueva en esto. Cuello para seducir a un vampiro, manos grandes de dedos largos… cuerpo para soñar despierta, y un culo que… ¡basta!, yo no tengo ensoñaciones con hombres calientes, eso solo lo hacen las adolescentes, ¿o no?

  • Aquí, mi amiga Susan, que tendrá una mala experiencia que no puede evitar. –
  • ¿Y eso? –

Genial, cuando María entrecierra así los ojos, es que su cabeza está pensando en algo, y ese algo seguro que…

  • ¿Puedo contarlo? –

Qué le voy a decir,¡ oh no!, por favor, no airees mi patética vida delante de estos dos dioses del Olimpo. Era adulta, y ya estaba acostumbrada a ser humillada en público. Una vez más no iba a matarme. Total, no iba a tener ningún tipo de relación con ninguno de  ellos dos.

  • Adelante, hecha sal en la herida. Va a doler de todas maneras. Así me voy acostumbrando. –
  • ¿La doctora de niños tiene problemas en su perfecta vida?, ¿qué es?, ¿dejaron de fabricar tu crema hidratante favorita? –
  • Marco, eres un gilipollas. –
  • Secundo a tu hermano. –
  • No, en serio. Tienes un buen trabajo, eres joven y bonita, y tienes buenas amigas. ¿Qué puede ir mal en tu vida que sea tan horrible? –
  • Mi hermana se casa dentro de 20 días con mi ex. –
  • Supera eso, cretino. –

Vale, no es que hiciera falta el remate de María, ya había dejado helado al gemelo estiloso. Si, podría quitarle el puesto a cualquier modelo de Armani, e incluso salir en la portada de GQ, pero era un listillo que sabía que estaba así de bueno, y no le importaba sacarse partido. Seguro que estaba acostumbrado, a conseguir lo que quisiera con una de esas sonrisas matadoras, que seguro tenían que dejar temblando a la más pintada. Era un engreído, y con eso, acababa de perder todos los puntos que había obtenido por sexy.

  • ¡Joder!. –
  • Eso dije yo. –
  • Pues Yo en tu lugar, iría a esa boda, y le dejaría bien claro que perdió con el cambio de hermana. –
  • Si, ya. –

¿Y ahora intentaba darme un consejo? Este tipo no miraba a su alrededor. ¡Hola!, soy Susan, la sosa y tímida de las hermanas Lettouce. La doctora con menos vida social que sus pacientes, y trabajo con recién nacidos. No pude evitar matarle con la mirada, o intentarlo.

  • No, en serio. Ponte un vestido sexy, lleva a un chico guapo y paséate delante de sus narices con él. –
  • Oye Tonny, ¿tu hermano es así o se entrena? –

La carcajada de Tonny me hizo sonreír, era imposible no hacerlo. Era tan fresca y natural, que te arrastraba.

  • A ver, listilla, ¿Qué tiene de malo mi plan? Que yo sepa todas las mujeres habéis hecho eso un par de veces antes de la hora de comer. –
  • Corrijo, tu no, cuñadita. Tú eres un ángel caído del cielo, que no alberga maldad alguna en su adorable cuerpo. Pero la doctora aquí presente…-
  • ¿Yo no puedo ser otro ángel sin maldad en su cuerpo? –

¿ Y el tipo se ríe en mi cara y niega con la cabeza?, ¿pero que se ha pensado que soy?

  • ¿Sabe tu madre que piensas eso de las mujeres? –

Los dos hermanos borraron la sonrisa de su cara, y juraría que perdieron color. Genial, había metido la pata a lo grande. Estaba claro el porqué no tenía amigos, y menos hombres. Tenía una forma de ser perfecta para espantarlos.

  • Mi madre murió hace años. Pero no, tienes razón. Ella nunca habría dejado que dijera eso. –

Silencio, un incómodo y denso silencio nos envolvió. Así que hice lo más inteligente. Prepararme para salir pitando de allí.

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